Friday, June 16, 2006

decatlon dia 2 Eduardo

El Gual era, antes que de todos, mìo. Tan mìo que anduvieron meses sin saber què querìa decir Gual, hasta que yo se los dije. Mìos eran tambièn Ratzinger y sus mascotas, mìas tambièn la Ma Kopinski y la Cua, creo, aunque ya no lo sè. Del Heraldo era Carita y de Obe los tripleconsonantes. Toda esa mierda de Caviglia o Gaviglia y la pendejada del roadmovie ni me acuerdo de quièn, ni importa. Ya lo dije alguna vez, cuando una historia se escribe con un montòn de manos, no todos los ingredientes son igual de buenos: yo, por ejemplo, sacarìa toda la magia negra de la historia y le meterìa màs y màs de las cuestiones sociales: la discriminación de los blancos y todo eso, aunque quizà tambièn sea basura, pero por lo menos basura original, porque estaba en la primera idea, que era una peregrinación de un pobre tipo a Disneylandia, donde le han contado que el Gual vive, o està suspendido, esperando la resurrección de la carne en una tumba de hielo. Pobre Ratzinger, que camina y camina, con el alma ampollada, como escribì (24 Sep 1998 09:28:13 ‑0300 - Ratzinger monologa)

No es fAcil caminar por estas soledades. AdemAs de los perros sueltos, los lagartos venenosos, las vIboras, estAn mis pesadillas, mis deseos, una mujer, un pedazo de carne caliente, de piel. Por eso mi zampo#a estA aprendiendo a quejarse tanto que parece que ella fueran mis entra#as mismas. Menos mal que tengo mi gameboy y mi cabra. Me vuelve a la mente una y otra vez el hombre‑mujer de mi pueblo, esa negra maldita a la que los otros negros adoran mientras garchan y garchan y garchan. A veces pienso, mientras camino por estas tierras vacIas, o le hablo a mi cabra. Pienso en el Gual y lo imagino parecido a la maldita puta de Hezabel y mi mente se pierde en fantasIas. Pero se que el Gual no es asI: Ma Kopinki decIa que el Gual era un hombre como mAquina, todo pegado de cables y viejIsimo, porque habIa vivido hace tantos a#os, desde Epocas que no estAn en los libros, y que la mAquina lo mantenIa vivo hasta que llegase el momento de salvar a los blancos. Pero ¿quiEn puede creer eso? Los hombres mAquina no existen mAs, como los autos voladores. Se ha perdido la magia que los hacIa funcionar y si yo cada tanto encuentro sus esqueletos en los valles ¡quE! estAn definitivamente muertos... esos sI que no tienen un Cristo que los salve. Hace unos dIas encontrE uno de esos esqueletos y me quedE estudiAndolo: dentro del cuerpo hay como un gran hueso redondo que debe ser el del corazOn. AtrAs, dos enormes costillares donde probablemente sentaban a sus due#os, una gran boca, al fondo debIa servir para ingresar el alimento. ¿QuE comerIan estos bichos? ¿COmo serIa la vida de los animales de fierro? Nada se: sOlo veo sus restos diseminados por la tierra. ¿COmo volarIan? ¿SerA verdad que volaban, o es otra leyenda? ¿LlevarIan a los ni#os a la ciudad del Gual, la ciudad de la felicidad? Que se yo. Esa fue la magia de los blancos, podIan hacer que el fierro estuviera vivo, como una cabra o una lagartija. O quizA las cabras, las lagartijas, los perros salvajes, tambiEn hayan sido hechos por una magia antigua de mi raza, pero si pienso asI estoy al borde de la religiOn: sOlo falta el Cristo blanco que procree en el seno de su madre la Virgen a la humanidad. Bah, son tonterIas.
Anoche volvI a so#ar con Ma Kopinki. Ella siempre me hablaba de ese Cristo blanco y decIa que el Cristo ense#O que todos los hombres son iguales, que los blancos son iguales a los oscuros, que a todos ama Dios nuestro padre. “Ahora, Ma” le dije un dIa “siempre decIs que en esa Epoca los blancos dominaban sobre los negros. Si es asI, tu Cristo ablandO a los blancos para que se hicieran amigos de los negros y los negros terminaron pisAndoles la cabeza” Me mirO: Ma era una mujer simple y bondadosa y esos ojazos celestes, casi grises me miraron como si fuera el demonio. “Luego, tu Cristo tiene la culpa de lo que nos pasa a los blancos, gracias a El se dio vuelta la tortilla” dije y me fui, dejAndole el alma torturada, porque esos pensamientos le asaltaban a veces y minaban su pobre fe. Un dIa me confesO que “le asaltaban las dudas de los materialistas peores”.

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