Thursday, June 22, 2006

decatlón día 8. Yael

primero que nada es mi deber de prolija y obse apuntarte que a Adrián Gonsales lo inventaste vos, según se puede constatar en el texto que pusiste en el día 5 de la decatlón, y que Obe lo rescató cuando empezó con la saga de los 3k. cumplido este punto, vayamos al tema de hoy:

alguna vez nos entusiasmó la idea de que el Gual fuera un hipertexto, una especie de libro de arena de páginas infinitas, sin un comienzo definido ni un final claro. hoy creo que le tenemos que dar la oportunidad de ser algo más que una ameba apenas esbozada por un grupo de escritores con más creatividad que determinación pero también más fiaca que capacidad de laburo. ya te lo dije, creo, me parece que esta historia se merece todo el laburo que podamos ponerle y más. me gusta lo de los niveles, esto también ya te lo dije, y me gusta que conservemos el espíritu caótico y múltiple del principio, por eso veo que podemos explorar un poco el formato que los dos conocemos, el de mezclar tipos textuales, puntos de vista y voces que vos probaste en la rabia y yo en muriel. no tan documental como estos ejemplos, pero sí mixto. creo que va a ser una buena forma de deshacerse de la roadmovie y poner en valor lo que tenemos, y recién entonces, haciendo pie en la cronología, ver cuántos huecos hay que llenar y si es necesario llenarlos o no.

quisiera contarte también que hoy andaba indecisa entre dos textos que recuerdo vagamente y que quería buscar en el MAMOTRETO, uno era uno tuyo sobre una especie de conferencia sobre estudios guálicos, al que, pensaba, seguramente tendría que retocar, y el otro era uno del Heraldo, que fue parte de una decatlón suya, en taller-lit, sobre las fiestas, ¿te acordás? bueno, la cosa es que abrí el MAMOTRETO y, al azar empecé a darle al pagedown y llegué a este texto que no recordaba en absoluto y que, no me vas a decir que no, tiene su encanto y su cuota de homenaje también:

obe
4/12/98
Ma descadera Rats

Una Ma más joven que la que conocemos.
El vestido de cuadros campestres ondea su apuro.
Una Ma tan gorda como la que conocemos. Resopla el esfuerzo del paso apretado sobre el camino de tierra.
El rancho asoma su techo de paja vizcachera por detrás de la loma.

Una Ma tan decidida como la que conocemos. Sabe lo que debe hacer, según las leyes que ella misma escribió.
Recién le avisan, recién le avisan que había nacido el niño.
Lo esperaba, pero apareció varias noches antes de lo previsto.
Una Ma más viva que la que conocemos. Sus mejillas rojas, su sudor ácido, su pensamiento simple.

Una Ma más tonta que la que conocemos. Ella no sabe que sabe.
Ella no sabe que puede ver lo que los demás no pueden. Ella no sabe que podrá visitar en sueños a todos sus Rats.

Unos Rats que son más que los que conocemos. Hace ya tiempo que redactó sin escribir su ley. Hacer Rats. Nacen los niños, hacerlos rengos.

"Si quedaban rengos a la derecha, a buscar el Gual y sos un Rat.
Si quedás rengo a la izquierda, al templo con el sacerdote que peroraba sobre el Gual y que fue la gran influencia de la Ma"

Lo dijo una vez, fue suficiente: la norma se extendió por la comarca. Y nadie, como si supieran que era lo correcto, absolutamente nadie protestó.
Avisaban a Ma siempre que había coito. Ma sabía distinguir cuál era fértil y cuál leche derramada. Ma calculaba las lunas y, días antes del parto, se apersonaba en los ranchos. Nunca erraba las fechas, Ma sabía. Nunca había errado hasta ahora. Pero éste se adelantó este y para colmo, el parto era en el rancho más oculto de la comarca, el más lejano.

Una Ma más valiente que la que conocemos. Sabía quíen vivía en ese rancho, pero no le temía, al menos, quería creer que no le temía. La mujer, sola, sin hombre conocido, era monstruosa. Sus facciones desdibujadas, las cuencas de los ojos caídas,
un pómulo hundido, las manos como zarpas, la piel costrosa. La mujer vivía en el último rancho y nadie la visitaba. Por eso, cuando Ma supo de su coito, al principio no lo creyó.
Pero después le llegó la certeza que el polvo era fértil (así: "le llegó", como un recuerdo verdadero). Nunca pudo saber quién fue el dueño del semen. Tampoco quiso averigüarlo: le repugnaba que algún vecino honorable de la comarca haya sido capáz de serrucharse semejante bicho.

Una Ma tan apurada como nunca la conocimos, llega al rancho. La hediondez de la carne putrefacta de la mujer la recibe desde el umbral. La única luz que hay se filtra por las grietas del adobe y por un ventanuco del fondo del ambiente único. Olor, mucho olor. La mujer está tirada sobre un catre, semidesnuda. Es más monstruosa de lo que Ma recordaba.
Tres mechones pajosos en el pelo, costras de mugre milenaria, está desnuda. Puede verse un solo pecho, en el pecho. De su pezón como un plato, prendido como a una esperanza, chupa desesperado un (paradójicamente, pensaría Ma si conociera la palabra) hermoso bebé de dos días. Ma miró a la mujer, sin decir palabra. La mujer probablemente haya mirado a Ma, pero las secas bolitas de sus ojos eran impredecibles, impenetrables. Ma alzó al bebé, flaquito, pero saludable. Casi se enternece, la gorda Ma. El pibe tiene la piel suave y cetrina, oscurita como un sudaca. El pelo era abundante y duro, los rasgos eran finos. "Paradójicamente lindo"
hubiera pensado Ma si conociera la palabra.

Ma se llevó el bebé afuera. Nadie protestó, ni madre ni hijo. Sólo el olor hacía desagradable la escena. Ma colgó al bebé con tientos de cuero sobado, de uno de los palos del alero. Los brazos quedaron firmes, crucificados al rancho. El cuerpito colgaba sin llanto.

Má conocía de memoria la maniobra, si ella misma la había inventado, practicado con insistencia con unos pollos, aplicado docenas de veces con los otros bebés recién (pero recién recién) nacidos, cuando los hizo Rats. Ma pensó que el hijo del monstruo ya estaba dos días más grande de lo habitual, que debería hacer más fuerza para descolocar la articulación. El chico colgado de los brazos. Ma apoya su mano izquierda en la entrepierna sin pelos (apartando a un lado el penito y los huevitos). La mano derecha junta los talones con firmeza, los abraza, los sostiene. El movimiento debía ser único, rápido seco, como lo perfeccionó con los pollos: mano izquierda hacia arriba, mano derecha sacudón hacia abajo hasta sentir un "crack" de articulación suelta, cualquiera de las dos articulaciones, la que la suerte decida. Y si quedás rengo a la derecha, a buscar el Gual y sos un Rat, y si quedás rengo a la izquierda, al templo.

Ma afirmó sus pies sobre el planeta. Tiró, con ganas, de su mano derecha hacia abajo. Empujó, firme, la izquierda hacia arriba. Nunca supo si hubo crack o no, no oyó el ruido ni sintió la vibración. Porque en ese moomento, un dedo (el pulgar) de su izquierda mano, se hundió hasta la primer falange en una tersa humedad del niño, en la entrepierna. Ma apartó la mano, como si la hubiera metido en un pozo de gusanos. Ma se asustó, retrocedió varios pasos, respiró entrecortado: "lo lastimé" pensaba, aunque no vió sangre ni en las piernitas del bebé colgado ni en su dedo invasor. Lentamente, se acercó al cuerpito, apartó el pene y el marchito escroto y miró por detrás. Un agujero. Un agujero como el suyo, pero recién nacido. Dos orillas casi rosadas, profundidad chiquita. Luego, otro agujero, como anillo de cuero. Ma repasó: pito, huevos... lo de atrás es el culo, bah, sí: es el culo. ¿Lo del medio?. Ma tapó con su palma los genitales masculinos: ahora estaba bien, esto estaba coherente. Una vulva, una concha. Y atrás, el culo. Está bien, así sí: una nenita. Pero soltó su mano y el pito y los huevos cayeron como un telón y ahora, ante Ma, un nenito.
La risa ácida que salió del rancho le taladró la sorpresa. Ma fué hasta el umbral, lo rellenó con su gordura.
El monstruo, desde el catre, reía sin dientes.

-"El be...el bebé..."- trastabilló Ma.
-"La bebé, el bebé. Es lo mismo." - graznó la madre.
-"Yo...yo..."
-"Vos sos una vieja puta - reía el monstruo - Pero ella va a ser más puta que vos, y más puto también."
- "Yo soy Ma Kopinki, y soy..."
-"..una gorda puta, ya te dije. Y yo soy un monstruo y yo no importo. Pero él es Hezabel, y ella es Isabel, y mi bebé, mi beba, te va a joder y se va a joder tus Rats, rengos de mierda."

Una Ma más cobarde que la que conocemos. El techo del rancho desapareció tras la loma más rápido que lo que sus pasos le permitían. Desapareció de su vista el niño-niña, aún colgado del alero, mudo como siempre, sin un llanto. Se esfumó también la carcajada monstruosa del catre, la siguió el olor.

Una Ma más boluda que la que conocemos. Noches después, todavía intentaba convencerse que todo había sido un sueño.

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