Friday, June 16, 2006

decatlón día 2. Yael

el problema de las creaciones colectivas tan abiertas es la misma fuente de su riqueza: con tantas cabezas y tantas manos las líneas se multiplican y, a medida que el texto avanza, se van volviendo más difíciles de entrecruzar. sobre todo si los participantes no tienen demasiada vocación de laburo en equipo, cada cual tira para su provecho, le da soga a su personaje y, si no llega a tratar de hundir a los que le molestan, al menos los lee demasiado por encima y/o trata de ignorarlos. creo que eso se vio desde el principio, al menos desde mi posición de expectadora de lujo se veían demasiadas cabezas brillantes, trabajando frenéticamente en desarrollar sus ideas antes de que los demás le pisaran la cola. en una primera instancia eso fue muy bueno y muy productivo, porque nos da material para laburar ahora, pero si hubiésemos llegado a una segunda instancia en aquella época dorada, te quiero ver cómo hacíamos para juntar todo. lo bueno, lo no tan raro, tal vez lo más lógico, es que en esta reencarnación guálica estemos vos y yo, que de alguna manera siempre fuimos la parte de la banda dedicada a entretejer las trenzas de los grandes egos. acordate de la maratón por ejemplo, los otros delirando con gallinas y eventos paranormales, y nosotros dos bajándolos a tierra.

bueno, esto más que backstage es nostalgia glucósica, pero alguien tenía que decirlo. para hoy elegí este texto de Obe porque, entre otras cosas, creo que es una de las pocas líneas no contaminadas y que además en el farrago de aquellos días quedó medio relegada. me gusta que vayamos señalando todas las puntas para tener un panorama completo antes de agarrar el bisturí.


Hezabel sintió la cercanía de Ratzinger en plena orgía, mientras Erb el Grueso lo penetraba por su parte femenina. No se molestó siquiera en gemir, ya que la visión del caminante rengo y de su cabra lo había abstraído por completo de la lujuriosa escena que lo rodeaba. Sólo la hija mayor de Erb notó su súbita apatía, al no conseguir respuesta alguna del miembro de Hezabel, a pesar de su frenética succión. Hezabel tuvo que concentrarse por unos segundos en su pene, hasta lograr una consistente erección. Luego, regresó sus pensamientos a Ratzinger. Lo vió como si lo tuviera enfrente, recostado en un árbol y cubriéndose del frío con su cabra. Sintió el miedo y la incertidumbre del caminante, pero captó también la determinación casi ciega que guiaba su camino. Además, vió claramente a Ma Kopinki en sus recuerdos y supo que, tarde o temprano, pasaría algo. La noche anterior se había despertado aturdido por el grito de la luna, en el instante justo en el que ésta se desgarraba detrás del cerro de las ruinas del Pucará. Tres días atrás, un pájaro muerto pasó volando entre los árboles, mientras tomaba su baño en un remanso del río acompañado por las vírgenes del pueblo. Las jóvenes mujeres rieron tontamente con el revolotear del ave a su alrededor, pero sólo Hezabel supo, sin sorprenderse, que el pájaro había muerto tiempo atrás, con la última helada tardía. El grito de la luna y el pájaro muerto. El caminante y su cabra. El recuerdo de la vieja mujer blanca. Demasiados signos juntos como para que sean casuales.

Erb el Grueso oró con torpe sumisión frente a Hezabel, solicitándole permiso para lamer su vagina y acariciar sus pechos. Hezabel lo concedió con un movimiento de cabeza. La hermosa hija mayor seguía entreteniéndose con su miembro, a cuyo concierto se le sumaba ahora la rolliza esposa de Erb, tumbados todos sobre la misma estera. Hezabel permaneció en una de las Posiciones Sagradas, ajeno a las burdas caricias de la familia. Una luna, un pájaro, un caminante y su cabra, el recuerdo de la mujer blanca. La última vez que vió tantas y tan significativas imágenes en su mente, fue durante el otoño anterior, cuando pudo presentir la invasión de los pueblos de las montañas altas, criminales que no parecían negros, bárbaros asesinos y violadores de niños que arrasaron, incendiaron y pasaron a degüello a dieciocho varones de la aldea, hasta que llegaron en su auxilio los aliados del valle, los bravos guerreros indios. El templo, la morada de Hezabel, una vez más no fue tocado. Pero todos los que habían sobrevivido a la matanza leyeron en los ojos de Hezabel su predicción, e hincáronse de rodillas para rogar su piedad por no haberlo hecho antes, cuando todavía se podía organizar la defensa. Hezabel los perdonó con un gesto de la mano y esa noche hicieron fogatas para quemar los cuerpos y orgías para festejar la victoria. Hezabel fue mujer sólo para el mayor de los guerreros indios, pero antes de que éstos se fueran los bendijo uno a uno con su propio semen.

Luna, pájaro, caminante, cabra. Y el recuerdo de la anciana blanca. Esta vez era distinto, mas no lograba captar el por qué de las visiones y qué es lo que significaban.

Parpadeó lentamente, aceptando el agradecimiento de la familia de Erb por los orgasmos concedidos. Abandonó la estera y se encaminó hacia el templo, para reflexionar profundamente sobre lo que vendría.

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