decatlón día 1. Yael
al principio éramos muchísimo más de los que éramos, porque a la gente, mucho más que jugar nos gusta decir que lo vamos a hacer, así como disfrutamos más de los recuerdos de los buenos momentos que de los buenos momentos en sí mismos. yo misma, que alguna vez fui YoMisma, me sentía parte plena del proyecto y la verdad es que mis participaciones fueron tan pocas que ni me atrevo a buscarlas en el MAMOTRETO, mucho menos a recordar aquellos tiempos en que robaba tiempo del conicet para dedicarselo a la lista. pero estaba, yo sé muy bien que estaba, porque todavía hoy el gual es un pendiente demasiado grande que no me resigno a bajar a la baulera. por eso, esta vez sí, sí sin atenuantes, ni loca voy a dejar pasar otra vez esta oportunidad, esta propuesta que una vez más es tuya, pero que sé que provoqué, de alguna manera tan mía como mantener los rescoldos de la época dorada. porque ahora sé que tengo más entrenamiento para escribir sin ponerme quisquillosa, más aguante para hacer frente a los desafíos y bastante más cintura para manejar los tiempos y las prioridades. te sigo el paso y mientras me divierto con el recuerdo de la solidaridad de acentos, elijo este texto de Rafa porque si bien estoy muy de acuerdo con tus exigencias, te confieso que me preocupa bastante que esto de erradicar todas y cada una de las ideas y palabras foRRáneas se lleve a todo lo que se construyó alrededor de Caviglia-Gaviglia, al que de entrada le extirparía el nombre de gaviota. pero como tu texto de hoy también lo menciona, creo que trabajar sobre este tipo de decisiones nos va a dar buena soga para tejer lo que sigue:
La mañana siguiente fue extranjera; golpeó al oído de Ratzinger en forma extraordinaria. No fue alondra, calandria o cardenal. Esa mañana fue cuervo y por cuervo, negra.
-Cruac!
Este graznido, que era ya el tercero con que la rapaz interrumpía el silencio, despertó a Baltimore Ratzinger sin escrúpulo alguno. Sin refregarse los ojos, sin desperezarse y sin bostezo, nuestro rengo oteó el cielo en busca de explicación. Sin embargo, contra todo pronóstico, no vio más que nada. Y en la nada, nada hay; ninguna presencia había...
-Cruac!; cruac!...; insistió el pajarraco funebrero.
Baltimore dejó el cielo. Bajó los ojos a nivel del suelo. Se irguió del pasto y las espinas y miró al oeste. Una maraña de brazos retorcidos, de ramas de tala y quebracho, no daban lugar a horizonte alguno. Su campo visual terminaba ahí, a unos pasos, en esa pared vegetal inexpugnable. Y para su desasosiego, ningún cuervo podía aletear en esa hondura. Giró entonces su cabeza a la izquierda. El sur había sido su presente el día de ayer. Y no había rastros de cuervo ahora, como tampoco los había habido en la víspera anterior.
-Cruac!
Y Baltimore se alzó de un solo salto de una sola pierna. Lo inexplicado le obligó a cuidar su espalda. Miró hacia el norte. Era tanto lo que le restaba de camino! Unas colinitas femeninas subían y bajaban entre verdes y más verdes, todas distintas. Qué orgía de senos!... Pero del ave nada y nada del cuervo por el norte. Debía provenir del este. Y sin más remedio, dio sus ojos contra el sol del levante. Se hirió más todavía sus heridas córneas. El sol ya no era lo que había sido. Ni padre ni astro rey. Un Baal de fuego maldito que convenía evitar. Nuestra estrella ya no comulgaba con el bien; ahora quemaba cánceres horribles y pústulas de muerte eran los lametones de sus rayos sobre la piel.
-Cruac!
Y fue la silueta al este y el enceguecimiento, y fue otro cruac! y fue el verbo, y fue un áurea y hasta un fantasma rodeado de luz;... y fue el tornasol que no era negro...y vino en el acto el negro más negro a apretar sus ojos apretados. Ante tanta alteridad, Ratzineger intuyó lo sagrado. Un aleteo inconcluso, un giro de cuello y un mirar sordo fueron toda la expresión del pajarraco. Lejos de amedrentarse, el cojo tomó impulso para acercarse al bicho negro.
-Cruac!
-Hola!, qué me dices con tu canto afligido...qué le traes de nuevo a este casi viejo?
Su cabra baló un chistido, una rama se retorció sin más temor que la de su grito seco. Pasó un segundo. Para cuando Ratzinger volvió al cuervo, su asombro no pudo acallarse. Dio otro brinco, esta vez hacia atrás, y con ojos de tuareg degollado, miró a aquel hombre alto, flaco de gracia cadavérica, de manos huesudas y ojos huesudos. Quiso murmurar...
-No temas, soy manifestación de lo que buscas. Me toca protegerte en esta instancia. Mi nombre es Anunciación... y traigo para tus orejas la noticia de que el Consejo ha dado órdenes de perseguirte y matarte y esparcir tus restos con la precisa distancia de un kilómetro entre despojo y despojo. El caso lo tiene Gaviglia. Y ya sabes lo que eso significa... Mejor apura tu marcha...si lo haces, si nos eres fiel, es probable que en "Hiram" encuentres ayuda.
-Peero...
Y zas!, un descuido, y la anunciación fue pájaro al vuelo. El pobre hidalgo alcanzó a percibir el aplauso de aquellas alas de metal y carbón. Mientras caía una pluma muy lenta en trágica danza, cantaron, como siempre, las calandrias y los cardenales. Baltimore Ratzinger quedó perplejo. Sabía hacía tiempo de animales que hablaban al hombre. Lo había leído en más de dos poesías de siglos anteriores a sus padres. Se rascó como un imbécil la cabeza y pasó su mano por la nuca. Se dio cuenta que le dolía. No se quejó. Tomó a su cabra, olvidó el desayuno, y emprendió la marcha. Como simepre, lo hacía obligado, llevado de la mano del destino. El norte seguía ahí. Como una prostituta ociosa le abría sus campos. Baltimore sacudió la cabeza, miró el piso de espinas, y como dije, retomó su andar.
La mañana siguiente fue extranjera; golpeó al oído de Ratzinger en forma extraordinaria. No fue alondra, calandria o cardenal. Esa mañana fue cuervo y por cuervo, negra.
-Cruac!
Este graznido, que era ya el tercero con que la rapaz interrumpía el silencio, despertó a Baltimore Ratzinger sin escrúpulo alguno. Sin refregarse los ojos, sin desperezarse y sin bostezo, nuestro rengo oteó el cielo en busca de explicación. Sin embargo, contra todo pronóstico, no vio más que nada. Y en la nada, nada hay; ninguna presencia había...
-Cruac!; cruac!...; insistió el pajarraco funebrero.
Baltimore dejó el cielo. Bajó los ojos a nivel del suelo. Se irguió del pasto y las espinas y miró al oeste. Una maraña de brazos retorcidos, de ramas de tala y quebracho, no daban lugar a horizonte alguno. Su campo visual terminaba ahí, a unos pasos, en esa pared vegetal inexpugnable. Y para su desasosiego, ningún cuervo podía aletear en esa hondura. Giró entonces su cabeza a la izquierda. El sur había sido su presente el día de ayer. Y no había rastros de cuervo ahora, como tampoco los había habido en la víspera anterior.
-Cruac!
Y Baltimore se alzó de un solo salto de una sola pierna. Lo inexplicado le obligó a cuidar su espalda. Miró hacia el norte. Era tanto lo que le restaba de camino! Unas colinitas femeninas subían y bajaban entre verdes y más verdes, todas distintas. Qué orgía de senos!... Pero del ave nada y nada del cuervo por el norte. Debía provenir del este. Y sin más remedio, dio sus ojos contra el sol del levante. Se hirió más todavía sus heridas córneas. El sol ya no era lo que había sido. Ni padre ni astro rey. Un Baal de fuego maldito que convenía evitar. Nuestra estrella ya no comulgaba con el bien; ahora quemaba cánceres horribles y pústulas de muerte eran los lametones de sus rayos sobre la piel.
-Cruac!
Y fue la silueta al este y el enceguecimiento, y fue otro cruac! y fue el verbo, y fue un áurea y hasta un fantasma rodeado de luz;... y fue el tornasol que no era negro...y vino en el acto el negro más negro a apretar sus ojos apretados. Ante tanta alteridad, Ratzineger intuyó lo sagrado. Un aleteo inconcluso, un giro de cuello y un mirar sordo fueron toda la expresión del pajarraco. Lejos de amedrentarse, el cojo tomó impulso para acercarse al bicho negro.
-Cruac!
-Hola!, qué me dices con tu canto afligido...qué le traes de nuevo a este casi viejo?
Su cabra baló un chistido, una rama se retorció sin más temor que la de su grito seco. Pasó un segundo. Para cuando Ratzinger volvió al cuervo, su asombro no pudo acallarse. Dio otro brinco, esta vez hacia atrás, y con ojos de tuareg degollado, miró a aquel hombre alto, flaco de gracia cadavérica, de manos huesudas y ojos huesudos. Quiso murmurar...
-No temas, soy manifestación de lo que buscas. Me toca protegerte en esta instancia. Mi nombre es Anunciación... y traigo para tus orejas la noticia de que el Consejo ha dado órdenes de perseguirte y matarte y esparcir tus restos con la precisa distancia de un kilómetro entre despojo y despojo. El caso lo tiene Gaviglia. Y ya sabes lo que eso significa... Mejor apura tu marcha...si lo haces, si nos eres fiel, es probable que en "Hiram" encuentres ayuda.
-Peero...
Y zas!, un descuido, y la anunciación fue pájaro al vuelo. El pobre hidalgo alcanzó a percibir el aplauso de aquellas alas de metal y carbón. Mientras caía una pluma muy lenta en trágica danza, cantaron, como siempre, las calandrias y los cardenales. Baltimore Ratzinger quedó perplejo. Sabía hacía tiempo de animales que hablaban al hombre. Lo había leído en más de dos poesías de siglos anteriores a sus padres. Se rascó como un imbécil la cabeza y pasó su mano por la nuca. Se dio cuenta que le dolía. No se quejó. Tomó a su cabra, olvidó el desayuno, y emprendió la marcha. Como simepre, lo hacía obligado, llevado de la mano del destino. El norte seguía ahí. Como una prostituta ociosa le abría sus campos. Baltimore sacudió la cabeza, miró el piso de espinas, y como dije, retomó su andar.
0 Comments:
Post a Comment
<< Home